
Vista de los volcanes desde Amecameca
35.5 x 52.5 cm
Acuarela sobre papel
1909
Llegada a México
Las fuentes no coinciden del todo en la fecha exacta: algunas señalan que llegó a Ciudad de México en 1887, tras participar durante varios años en los Salones Alemanes, y que permaneció en el país hasta 1918, año en que regresó a su tierra natal. Otras fuentes ubican su llegada en 1890. En cualquier caso, hay pocos datos certeros sobre su vida privada, ya que se le considera parte del grupo de «artistas viajeros» extranjeros —junto a nombres como Conrad Wise Chapman, Daniel Thomas Egerton, Carl Nebel, o Paul Fischer— que llegaron a México en el siglo XIX buscando reconocimiento en un territorio que para Europa resultaba exótico y poco conocido.
Su gran obsesión: los volcanes
Una vez instalado en el Valle de México, Löhr quedó profundamente cautivado por el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, que se convirtieron en el motivo central de buena parte de su producción. Estos dos volcanes eran, de hecho, un tema predilecto entre los pintores viajeros de la época, y las colecciones mexicanas que conservan su obra los describen como «sus vistas favoritas».
Estilo y técnica
Löhr trabajó principalmente con óleo y acuarela, con una sensibilidad romántica y dramática construida a partir de fuertes contrastes de luz y sombra. Su pintura combina dos registros: un realismo minucioso en la textura de rocas, vegetación y construcciones, con un tratamiento más romántico y atmosférico en los cielos y las zonas de penumbra. A diferencia de los paisajistas mexicanos de la época (como José María Velasco), Löhr aportaba un imaginario europeo a la lectura del paisaje, con gran atención a detalles «extravagantes» para el ojo local: figuras campesinas, animales, chozas y escenas costumbristas que conviven con la inmensidad de las montañas, reforzando visualmente la magnitud del paisaje.
Legado
Hoy su obra se conserva en colecciones mexicanas privadas e institucionales (se le menciona junto a pintores como Daniel Thomas Egerton, Conrad Wise Chapman o Carl Nebel en exposiciones dedicadas al paisajismo decimonónico). Más allá de su valor estético, sus cuadros se consideran también un documento histórico: registran cómo lucía el Valle de México —su gente, sus costumbres y su entorno natural— a finales del siglo XIX y principios del XX, vistos a través de la mirada de un europeo fascinado por un paisaje que le resultaba completamente nuevo.


