Paul Fischer

La acuarela como destino

Una semblanza

Hay hombres que llegan a un país por error y se quedan por amor, sin que ellos mismos lleguen nunca a saber en qué momento el error se convirtió en destino. Paul Fischer fue uno de ellos: médico de Stuttgart, de manos entrenadas para el pulso ajeno y la fiebre, que un día cruzó el mar no detrás de un cuadro sino detrás de una herencia, y que terminó, sin proponérselo, pintando el país que solo había venido a heredar.

Lo trajo —dicen, y la leyenda merece creerse aunque no se pueda jurar— la sombra larga de un pariente improbable: aquel abate Agustín Fischer, alemán también, confesor y secretario de Maximiliano de Habsburgo, el hombre que lloró desconsolado junto al emperador en el Cerro de las Campanas y que recibió de sus manos, segundos antes del fusilamiento, el leontina con el retrato diminuto de Carlota para llevarlo a Europa. Hay algo de justicia poética —de esas que solo escribe la historia cuando nadie la está mirando— en que el sobrino de aquel hombre que vio morir a un imperio se dedicara, una generación después, a pintar con la mayor ternura posible los patios, las haciendas y los volcanes del país que ese imperio no pudo conquistar.

Fischer llegó al Durango de las minas, no al Durango de las catedrales. Llegó al Promontorio, a la dureza mineral de un país que no estaba hecho de palacios sino de socavones, de hospitales improvisados, de fiebres que un médico debía contener con lo que tuviera a la mano. Fue residente y después director de aquel hospital de mina, y entre turno y turno —porque la pintura nunca fue para él una vocación sino una costumbre, casi un pudor— sacó la acuarela, ese medio húmedo y rápido que no permite el arrepentimiento, y empezó a mirar.

Y miró bien. Miró como miran los que no esperan que nadie los vea mirar: sin la ansiedad del que pinta para una exposición que nunca llegó, porque Fischer no expuso jamás, no firmó manifiestos, no perteneció a ninguna escuela. Pintó como quien escribe un diario que no piensa publicar. Y es justamente esa falta de ambición la que le dio, con los años, una claridad que muchos profesionales jamás alcanzan: una composición serena, casi clásica, donde la humedad del aire de Veracruz se vuelve gradación de planos, donde el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl se asoman por encima de los tejados de Cuernavaca con la exactitud de quien ha aprendido a mirar las cosas sin prisa, como se mira a un paciente: con atención clínica y, sin embargo, con cariño.

No tuvo el aliento desbordado de los románticos que lo precedieron —ni la grandilocuencia geográfica de un barón de Gros, ni la épica del paisaje sin límites—. Fischer prefirió la forma precisa, el dibujo exacto, la luz repartida en una tarde cualquiera sobre un canal que ya se estaba perdiendo, el de la Viga, donde cada barca y cada reflejo llevan la nostalgia de algo que el pintor sabía efímero aun antes de que lo fuera. Su pintura tiene el aliento extraño de lo neoclásico vivido por un romántico discreto: orden y emoción contenida, como un hombre que ha visto morir y nacer demasiadas cosas para permitirse el desorden.

Vivió entre Durango, Gómez Palacio y Torreón, ejerciendo la medicina en privado cuando ya no fue director de hospital, y siguió pintando, casi en secreto, valles, ranchos, atardeceres, montañas nevadas, hasta que la vida —que a los autodidactas suele tratarlos con el mismo silencio con que ellos tratan a la fama— se le acabó en esa misma ciudad lagunera donde había decidido, sin grandes palabras, hacer su vida.

Murió sin saber que un día alguien hojearía un libro en una mesa cualquiera, se detendría en una acuarela suya —un patio con flores blancas, una puerta entreabierta, dos figuras diminutas caminando hacia la sombra— y sentiría, sin poder explicarlo del todo, que ese silencio pintado por un médico alemán en las minas de Durango contenía más México verdadero que muchos lienzos solemnes hechos para la posteridad. Junto con August Löhr, fue de los últimos viajeros europeos en mirarnos así: con la curiosidad de quien no busca conquistar nada, solo entender, antes de que el siglo se cerrara para siempre detrás de él.


Nota: algunas fechas biográficas de Fischer varían según la fuente (su llegada a México se ubica entre 1885 y 1890; su muerte, entre 1932 y 1934), reflejo de lo poco documentada que está su vida —el mismo destino discreto que marcó su obra—. Se le confunde con frecuencia con el pintor danés Paul Gustav Fischer (1860–1934), de quien no guarda relación alguna.