
Mercado mexicano
35 x 48 cm
Óleo sobre tela
ca.1990
Pintor de retratos e ilustrador, que había dado tres veces la vuelta al mundo y que antes de la guerra mantenía estudios en París y Düsseldorf, así como en el número 106 de la calle 55 Oeste, falleció el 27 de noviembre en el Hospital de San Marcos, en la Segunda Avenida. Tenía 65 años y le sobreviven una sobrina y una bisnieta. Nacido en Düsseldorf, de madre francesa y padre de nacionalidad italiana, estudió arte en París, Alemania y Holanda. Durante la guerra de los Bóers estuvo con las fuerzas británicas como corresponsal artístico, y encontró tiempo para pintar varios cuadros. Entre los retratos que realizó posteriormente se encuentran los del Emperador alemán, la reina Wilhelmina, la reina Alejandra de Inglaterra, la reina de España, la ex princesa Luisa de Sajonia, los presidentes Loubet y Wilson, y Sarah Bernhardt. Tenía encargos del gobierno británico para pintar retratos de los principales príncipes de la India, y se encontraba también a punto de retratar a Geraldine Farrar, Emily Destinn y, según se dice, al señor Henry C. Frick. El señor Langenberg estuvo alguna vez vinculado al museo de Colonia. Solía viajar por Europa y otros lugares a caballo, y cuando estuvo en México fue íntimo del presidente Díaz. Hay hombres que parecen haber nacido en el lugar equivocado, en el siglo equivocado, y que pasan toda su vida intentando corregir ese error mediante el movimiento. Gustave C. Langenberg fue uno de ellos. Nació en Düsseldorf en 1859, pero Düsseldorf era ya una ficción en él desde el principio: su madre era francesa, su padre súbdito italiano. Esa triple herencia no le dio patria — le dio apetito. El mundo era el único territorio que podía contenerlo, y la pintura, el único pasaporte que necesitaba.
Se formó donde debía: París primero, luego Alemania, luego Holanda. La Escuela de Düsseldorf le dio el rigor del dibujo, la claridad de la línea, ese respeto casi protestante por la forma que distingue a sus pintores de los franceses, más dados a disolver el contorno en luz. Pero Langenberg no era hombre de academia ni de taller quieto. Aprendió lo que necesitaba y partió. Viajó tres veces alrededor del mundo. No en barco de lujo, no con el equipaje de un diplomático. Langenberg recorría Europa — y donde podía, el resto — a caballo. Ese detalle del obituario, consignado casi de pasada entre los títulos y los retratos de reinas, es en realidad el más revelador: el hombre prefería la velocidad del animal a la comodidad del ferrocarril, la ruta lenta y táctil a la eficiencia de la modernidad. Era, en el sentido más literal, un anacronismo voluntario. Llegó a Sudáfrica durante la guerra de los Bóers — no como soldado, sino como corresponsal artístico del ejército británico. En los campos de batalla del Transvaal encontró lo que todo pintor de su temperamento buscaba: historia haciéndose, violencia con luz, el instante irrepetible que la fotografía todavía no sabía del todo capturar. Pintó escenas de combate que fueron a parar a museos europeos, al gobierno de los Países Bajos, a colecciones que hoy duermen en depósitos sin que nadie recuerde su origen. Después vino la etapa de los palacios. Langenberg tenía el don particular de inspirar confianza en los poderosos — o quizás simplemente sabía moverse en sus antesalas con la soltura del hombre que no necesita nada de nadie porque ya lo tiene todo: el caballo, el pincel, el mundo. Retrató al Kaiser Guillermo II. Retrató a la reina Wilhelmina de Holanda, a la reina Alejandra de Inglaterra, a la reina de España, a la ex princesa Luisa de Sajonia. Retrató a los presidentes Loubet y Wilson. Retrató a Sarah Bernhardt. Tenía encargos del gobierno británico para pintar a los principales príncipes de la India. Estaba a punto de retratar a Geraldine Farrar, a Emily Destinn y — se dice — al señor Henry C. Frick. Ese se dice del obituario es significativo. Langenberg vivía también en el rumor, en la expectativa, en el proyecto siempre inminente. Era el tipo de hombre del que siempre se esperaba algo más.
En México llegó durante el Porfiriato, ese período en que el país se abría con calculada urgencia a los extranjeros de prestigio. Fue íntimo de Porfirio Díaz — qué conversaciones habrán tenido, el dictador mestizo que soñaba con un México europeo y el europeo de sangre mezclada que recorría el mundo a caballo. Dos hombres que se habían construido a sí mismos. Dos hombres que sabían exactamente el valor de una buena imagen. Antes de la guerra mantenía estudios simultáneos en París y Düsseldorf, y también en el número 106 de la calle 55 Oeste en Nueva York. Tres ciudades, tres estudios: la geografía de un hombre que no podía detenerse. París para el prestigio, Düsseldorf para las raíces, Nueva York para el futuro que el siglo XX prometía a quienes supieran llegar a tiempo. Pero la guerra llegó antes. La Gran Guerra deshizo los estudios de París y Düsseldorf, convirtió Europa en un territorio imposible, y Langenberg se quedó en Nueva York — esa ciudad que no es de nadie y por eso es de todos — con sus encargos inacabados y sus proyectos en suspenso. Murió el 27 de noviembre en el Hospital de San Marcos, en la Segunda Avenida. Tenía sesenta y cinco años. Lo sobrevivieron una sobrina y una bisnieta. El hombre que había retratado emperadores y reinas, que había dormido en campos de batalla y cabalgado por tres continentes, murió en una cama de hospital de una ciudad que conoció solo al final, rodeado de ausencias. El obituario anota que estuvo alguna vez vinculado al museo de Colonia. Que viajó tres veces alrededor del mundo. Que solía moverse a caballo. Eso es todo lo que quedó escrito. El resto está en cuadros dispersos en colecciones que nadie rastrea, en retratos de reyes que los museos catalogan por el modelo y no por el pintor, en escenas de la guerra de los Bóers que alguien colgó en una pared hace cien años y que tal vez sigan allí, sin firma visible, sin nombre. Langenberg fue uno de esos artistas que el siglo XX decidió no recordar, no porque no mereciera ser recordado, sino porque sus comitentes eran exactamente el tipo de mundo que ese siglo quería olvidar: el Imperio, el Porfiriato, las cortes, los palacios. Se fue con ellos, o ellos se fueron con él. Da lo mismo. Queda el caballo. Queda la imagen de ese hombre recorriendo Europa al paso, con los lienzos enrollados en las alforjas y el siguiente retrato ya en la mente, viajando hacia algún palacio o algún campo de batalla, sin prisas y sin destino fijo, pintando el mundo mientras el mundo todavía creía en sus propias ceremonias.